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Turismo desde adentro: cuando la identidad tambiƩn se defiende

  • conexiónsur
  • 16 jul 2025
  • 4 Min. de lectura

La programación de las Fiestas de la Rosa fuera de un puente festivo ha despertado críticas en Jardín. Pero mÔs allÔ de la coyuntura comercial, este debate revela una pregunta mÔs profunda: ¿para quién se diseña la vida en los pueblos turísticos?


La decisión de programar las Fiestas de la Rosa en JardĆ­n durante un fin de semana no festivo y al mismo tiempo que la Feria de las Flores ha dividido opiniones entre comerciantes y empresarios del turismo. Mientras algunos argumentan que se estĆ” desaprovechando una oportunidad económica, otros —como quien escribe— creemos que este debate va mĆ”s allĆ” de la fecha; nos enfrenta a preguntas fundamentales: ĀæquĆ© tipo de pueblo queremos ser? ĀæQuĆ© lugar tienen nuestra comunidad en las decisiones sobre el territorio y el tipo de turismo es el que deseamos recibir?


MÔs allÔ de mi papel como empresaria del turismo, hoy escribo como habitante de este territorio. Como parte de una comunidad que, aunque siempre ha recibido con los con los brazos abiertos a quienes nos visitan, también observa cómo nuestros vida, celebraciones y costumbres se ha ido adaptando cada día mÔs al turismo que a la vida cotidiana del pueblo. Jardín ha ganado notoriedad por su belleza, sí, pero sobre todo por su cultura viva. Esa que no se puede encasillar en un itinerario turístico, ni capturar en una foto para redes sociales.


La fiesta como acto de identidad de los pueblos


Las fiestas de un pueblo no son solo cifras en los libros contables o en las agendas turísticas. Son tradiciones profundamente simbólicas, una excusa para vernos las caras, para bailar entre amigos y también con desconocidos, para recordar que somos mÔs que simples anfitriones. No podemos reducir su significado a la ocupación hotelera o al número de visitantes que llegan. Celebrar sin estar atados a los calendarios del turismo es también una forma de resistencia por parte de las comunidades. Es un recordatorio de que este sigue siendo un pueblo habitado por personas con arraigo, no un escenario programado desde afuera.


Por eso, que las fiestas se celebren en una fecha donde los JardineƱos sean los protagonistas y no el turismo, no deberƭa sorprendernos. Deberƭa hacernos reflexionar.

Porque si toda gira en torno al calendario turístico, si los tiempos, escenarios y formas de celebrar se ajustan solo a lo que demanda el visitante y el turista, ¿qué nos queda a quienes vivimos en los pueblos?


No se trata de estar en contra del turismo, sino de cuidar la casa comĆŗn

En JardĆ­n, como en muchos destinos turĆ­sticos, los ritmos de la vida diaria estĆ”n siendo moldeados por las lógicas del mercado. El riesgo es que la vida del pueblo sea desplazada por la puesta en escena del ā€œpueblo bonitoā€. Por eso, defender que haya fiestas pensadas para la comunidad no es ir en contra del turismo: es proteger la esencia del territorio. Esa que no se ve en la foto, pero que el visitante siente cuando se toma un tinto en el parque, cuando camina por las calles, cuando habla con un jardineƱo. Cuidar nuestros espacios no es estar en contra del turismo, es establecer lĆ­mites.


En JardĆ­n y en cualquier lugar del mundo no todos los espacios de un pueblo tienen que estar al servicio del visitante que muchas veces solo viene a consumir, no a comprender. Hay un equilibrio que necesitamos recuperar: el turismo sostenible no se construye solo con normas, sino con respeto mutuo. Y ese respeto comienza por reconocer que hay celebraciones que deben mantenerse como actos Ć­ntimos del territorio. Ā Y que, si el visitante quiere vivirlas, debe hacerlo desde el respeto.

JardĆ­n no es MedellĆ­n (y eso estĆ” bien).


Sin duda, coincidir con la Feria de las Flores no es una mala jugada. Hay un pĆŗblico que no busca el bullicio, ni los conciertos masivos, sino una celebración mĆ”s Ć­ntima, con mĆŗsica en la plaza, comida tradicional y conexión humana. JardĆ­n puede —y deberĆ­a— posicionarse como una alternativa cultural con su propia identidad. Un destino que se disfruta con sin afĆ”n y respeto.


Del reclamo a la propuesta


Como sector, tenemos la opción de resistir o de construir. Yo propongo lo segundo: poner nuestras capacidades al servicio de la comunidad. Diseñar rutas culturales que se integren a las fiestas, dar visibilidad a artistas y productores locales, y contribuir a la difusión. Que estas fiestas sean también una expresión de lo que podemos ofrecer cuando trabajamos con respeto hacia lo local.


En resumen; cada decisión como esta define qué tipo de turismo queremos. Si Jardín seguirÔ siendo un pueblo con la esencia de un pueblo y celebraciones propias, o si se convertirÔ en un cascaron para una postal bonita sin un contenido real para sus habitantes; pero tampoco para quienes hoy lo visitan.


El turismo que construye es aquel que se integra, que no impone; el que celebra junto a la comunidad, no a costa de ella. Ese es el tipo de turismo que necesitamos seguir defendiendo. Y estas fiestas, tal vez, son la oportunidad perfecta para empezar a hacerlo de verdad.



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